Los 70 años que James Douglas Morrison nunca cumplió

Jim_Morrison

“¿Sabes que existimos? /Has olvidado las llaves del reino/ ¿Has nacido y estás vivo?/ Reinventemos a los dioses, a los mitos seculares”. 

Jim Morrison, “An American Prayer”, 1970.

Era un mediodía abrasador el de ese sábado 03 de julio de 1971. En la calma chicha de una Caracas que recién se acostumbraba a la visión saudita del mundo, Iván Loscher escuchaba distraído alguna canción desde la cabina de Radio Capital. De pronto, el periodista de guardia entró presuroso con un trozo de papel en la mano: “El tipo me mira y dice que se murió un cantante en Francia. Cuando leo el cable me doy cuenta de que acababa de encontrarse el cadáver de Jim Morrison. Por supuesto que a todos nos tomó por sorpresa. “The End” acá la pusimos de noche por aquello de quererse coger a la madre. No los recuerdo como influencia en bandas venezolanas”, recuerda el locutor.

De haber sobrevivido a una existencia marcada por la explosiva mezcla de drogas, sexo, música y poesía James Douglas Morrison cumpliría 70 años de edad el próximo 08 de diciembre. Él nunca quiso que fuese así. Sigue leyendo

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Playa Sinatra

sinatra

Para mi querido Jerome, claro está

Luego de los sucesos acaecidos en Ciudad de Toituna, necesité de un largo descanso. Desconectarme de las redes de la intriga y el poder era necesario para preservar el delicado equilibrio de mi psique maltrecha. Necesitaba unas vacaciones para curarme de otras vacaciones, me repetía con sorna mientras vagaba por todo el país sin un destino fijo.

Erré por inhóspitos desiertos, montañas y playas hasta que decidí parar en la isla, quería leer un poco y disfrutar de las comodidades de cierta civilización. Mientras me afeitaban con esmero y la loción me sellaba los poros con exquisito ardor se me ocurrió revisar el correo electrónico. Después de diez meses algo habrá, me dije con cierta alegría. Embutido en ropa térmica, con un cubalibre en la mano y un puro en la otra, sentía que cierto equilibrio volvía a mi existencia. La ausencia, el corte de la avalancha informativa con la que he atormentado mi cerebro desde que cumplí 13, había surtido el efecto deseado. Volví a sentir la curiosidad animal, el escozor neuronal por enterarme de ciertas cosas, por saber más. Como todo junkie, los adictos a la información necesitan de un shot diario constante.

Mientras fui periodista en mi peores épocas, que vistas en retrospectiva son consideradas por mis colegas como mis “tiempos de gloria”, necesitaba de catorce shots diarios que consistían básicamente en leer, enterarme, hacer mis notas y sugerir trabajos para los demás. Dormía sólo cuatro horas por jornada, justo las mismas en las que el espectro multimedia-radioeléctrico parecía bajar de intensidad. Sin embargo había alarmas conectadas para que me despertasen por si algún suceso o catástrofe acontecía. Por ello fui el primero en enterarse de la previsiones contra el maremoto que aisló a Caracas para siempre y de la epidemia bacteriológica salida del agua recalentada de los perreros de Plaza Venezuela que diezmó al 20 % de la población.

Ahora todo ello parece que hubiese sucedido hace un millón de años; pocos lo recuerdan y yo lucho por olvidarlo. Pero al sentarme frente al monitor y acceder al ciberespacio un breve escalofrío me recorrió desde las corvas hasta las yemas de los dedos: Sabía a lo que me enfrentaba, debía entrar y salir lo más rápido posible.

Tenía catorce mil mensajes sin revisar, por lo que estallé en carcajadas. Haciendo un descarte rápido me quedé con 550 que eran los que me interesaban. Mis pagos de editores, la ausencia a cuatro congresos en los que era invitado especial, niños que querían hacer sus tesis entrevistándome, en fin, lo de siempre. Hasta que conseguí un mail de Carlos.

Sólo ver su nombre me hizo sonreír. Siempre estaba asociado a rumbas pantagruélicas y aventuras raras pero, sobre todo, a una hermandad indestructible que editores, mujeres ni jefes pudieron disolver jamás. En su estilo escueto y directo, el que sólo empleaba conmigo y que nunca aparecía en sus libros escribió:

“Epa marico. Mira yo no sé que te pasa chamo, de verdad. Andas perdido como alma que lleva el diablo no contestas mails, no contestas el cel. Francamente. Miles estarían escribiendo el libro sobre lo que pasó en Ciudad de Toituna chamo, ¡por el amor de Dios!. En fin si lees esto a tiempo quiero que me acompañes a la boda de la hija de Franca. Sí me invitaron y no puedo decirle que no, además sabes que esa jeva fue importante para mi y no quiero emborracharme y terminar llevándome a la suegra de la boda jejeje. A decir verdad estoy como viejo para eso. ¡Plis llámame! la vaina es el 14 de septiembre en la isla, salgo de Caracas el 13 porfa… ¡don´t let me down bro!

C”.

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