Playa Sinatra

sinatra

Para mi querido Jerome, claro está

Luego de los sucesos acaecidos en Ciudad de Toituna, necesité de un largo descanso. Desconectarme de las redes de la intriga y el poder era necesario para preservar el delicado equilibrio de mi psique maltrecha. Necesitaba unas vacaciones para curarme de otras vacaciones, me repetía con sorna mientras vagaba por todo el país sin un destino fijo.

Erré por inhóspitos desiertos, montañas y playas hasta que decidí parar en la isla, quería leer un poco y disfrutar de las comodidades de cierta civilización. Mientras me afeitaban con esmero y la loción me sellaba los poros con exquisito ardor se me ocurrió revisar el correo electrónico. Después de diez meses algo habrá, me dije con cierta alegría. Embutido en ropa térmica, con un cubalibre en la mano y un puro en la otra, sentía que cierto equilibrio volvía a mi existencia. La ausencia, el corte de la avalancha informativa con la que he atormentado mi cerebro desde que cumplí 13, había surtido el efecto deseado. Volví a sentir la curiosidad animal, el escozor neuronal por enterarme de ciertas cosas, por saber más. Como todo junkie, los adictos a la información necesitan de un shot diario constante.

Mientras fui periodista en mi peores épocas, que vistas en retrospectiva son consideradas por mis colegas como mis “tiempos de gloria”, necesitaba de catorce shots diarios que consistían básicamente en leer, enterarme, hacer mis notas y sugerir trabajos para los demás. Dormía sólo cuatro horas por jornada, justo las mismas en las que el espectro multimedia-radioeléctrico parecía bajar de intensidad. Sin embargo había alarmas conectadas para que me despertasen por si algún suceso o catástrofe acontecía. Por ello fui el primero en enterarse de la previsiones contra el maremoto que aisló a Caracas para siempre y de la epidemia bacteriológica salida del agua recalentada de los perreros de Plaza Venezuela que diezmó al 20 % de la población.

Ahora todo ello parece que hubiese sucedido hace un millón de años; pocos lo recuerdan y yo lucho por olvidarlo. Pero al sentarme frente al monitor y acceder al ciberespacio un breve escalofrío me recorrió desde las corvas hasta las yemas de los dedos: Sabía a lo que me enfrentaba, debía entrar y salir lo más rápido posible.

Tenía catorce mil mensajes sin revisar, por lo que estallé en carcajadas. Haciendo un descarte rápido me quedé con 550 que eran los que me interesaban. Mis pagos de editores, la ausencia a cuatro congresos en los que era invitado especial, niños que querían hacer sus tesis entrevistándome, en fin, lo de siempre. Hasta que conseguí un mail de Carlos.

Sólo ver su nombre me hizo sonreír. Siempre estaba asociado a rumbas pantagruélicas y aventuras raras pero, sobre todo, a una hermandad indestructible que editores, mujeres ni jefes pudieron disolver jamás. En su estilo escueto y directo, el que sólo empleaba conmigo y que nunca aparecía en sus libros escribió:

“Epa marico. Mira yo no sé que te pasa chamo, de verdad. Andas perdido como alma que lleva el diablo no contestas mails, no contestas el cel. Francamente. Miles estarían escribiendo el libro sobre lo que pasó en Ciudad de Toituna chamo, ¡por el amor de Dios!. En fin si lees esto a tiempo quiero que me acompañes a la boda de la hija de Franca. Sí me invitaron y no puedo decirle que no, además sabes que esa jeva fue importante para mi y no quiero emborracharme y terminar llevándome a la suegra de la boda jejeje. A decir verdad estoy como viejo para eso. ¡Plis llámame! la vaina es el 14 de septiembre en la isla, salgo de Caracas el 13 porfa… ¡don´t let me down bro!

C”.

Nada es casualidad, pensé, al ver que era 12 de septiembre. Llamé a Carlos y decidí buscarlo al día siguiente en el aeropuerto. Estaba seguro de que iba a necesitar ayuda. Luego entré a una librería y compré una edición rústica de Catcher in the rye. Tenía como 15 años sin leerla. Vistas las cosas decidí rentar una habitación en una posada cerca de la playa.

Mientras revivía los detalles de la visita a New York y la lenta frustración de Holden Caulfield me quedé dormido. El violento calor del trópico me despertó a las 6 y 45 de la mañana. Abrir las ventanas y ver el Caribe majestuoso es algo que devuelve la vida a los muertos psíquicos como yo. Luego de acicalarme y desayunar empanadas de cazón renté un sedán para ir al aeropuerto.

Manejar por la isla fuera de temporada es maravilloso y desolador. Prácticamente no hay seres vivos a través de largas extensiones de playa que me recuerdan por momentos a los desiertos de Mad Max. Ver aparecer a una tropa de gitanos enloquecidos buscando combustible no sería raro. Mientras esperaba que Carlos terminara de buscar sus maletas me asaltaron las ganas de volver a revisar el correo y tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para mantenerme al margen. Me compré una coca y lo vi llegar enorme y moreno con cuatro maletas y un trago de whisky en la mano.

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Luego de haberse peleado con las azafatas y beberse media botella del espantoso Jack Daniels que sirven en las aerolíneas nacionales, Carlos se quedó dormido y me contó su sueño. Realmente estaba excitado por esas visiones, decía que dormido había ido conmigo a la boda pero nunca pudo verle el rostro a la novia. En la fiesta veía extrañado como todo el mundo lo felicitaba y escuchaba mucho alboroto a su alrededor. Fue acercándose a la mesa principal hasta que la novia, toda llena de tul y encajes, lo tomó de la mano y caminó a la pista de baile. Una vez allí mientras sonaba una de Elvis (Love me tender o Are you lonesome tonight) Carlos se da cuenta de que la novia es Franca rejuvenecida y preciosa y que la boda, detalle obvio a estas alturas, era con el.

Exploté de la risa y me burlé hasta el cansancio. La proyección era evidente y aunque ambos somos unos solteros impenitentes siempre supe que Carlos debió casarse con Franca. Algo molesto por mis risas, me pidió que parara porque tenía hambre. Me dijo marico, no te burles porque nunca te ladillé con Alejandra, ni viví obsesionado por lo que le pasó a ella. Le contesté que ese no era su puto problema y que no empezara a ladillarme porque lo dejaba tirado en esa puta playa para que los malandros de Mad Max lo violaran.

Carlos estalló en risas cuando oyó lo de Mad Max y yo también. Luego de engullirse un pargo frito de medio kilo y medio kilo más de ensalada, todo estaba bien. Yo iba por la cuarta cerveza camino de la quinta cuando le pregunté  por el regalo de bodas. ¿Regalo de bodas? Ay coño se me olvidó, marico, vamos a comprar algo, cualquier cosa huevón.

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El resto de la puta tarde estuvimos en malls refrigerados buscando regalos de novios. Carlos compró  un procesador de alimentos y yo una tetera de plata con la que se me esfumó el 40% de mi sueldo. Mi madre siempre decía que era un buen augurio regalarle plata a los recién casados, por eso heredé todos sus trastos de plata en vista de que nunca me casé.

Como ya había alquilado una habitación en la posada, Carlos decidió quedarse allí también, luego de leer y trabajar en su laptop se quedó roncando en la cama. Yo aproveché para salir un rato y tomarme un ron en la playa. Contrario al resto de la humanidad, siempre me ha gustado más la playa de noche. Me calma y me da fuerzas.

A la mañana siguiente, Carlos empezó a joder desde las siete de la mañana. Estaba nervioso, se le notaba. Era como si él se fuese a casar, tuvimos que correr a buscarle otra camisa porque esa no le gustaba, luego ir a donde un puto barbero para que le acomodara el corte. En fin, me preguntaba todo el rato ¿Marico, me veo bien?, ¿me veo bien? Y yo le decía que parecía un puto dios para que me dejara tranquilo.

Justo al mediodía, cuando todo el mundo sólo esperaba a la novia, llegamos nosotros. El alivio del rostro de Franca la delató, pensaba que Carlos ya no iría y se sorprendió al verme. Me gustó sentir la conexión entre esos amantes viejos que se querían tanto y no podían vivir juntos. La ceremonia fue normal, repleta de incienso y con el espantoso calor de las iglesias isleñas. Mientras me ensopaba noté que el espacio para la fulana pregunta sobre si alguien se oponía fue más largo que el habitual. Cuando el silencio ya era una molestia, el anciano sacerdote prosiguió.

La hija de Franca, que se llamaba igual, era una versión rejuvenecida de nuestra amiga. Sólo cierto tono oliváceo la distinguía, puesto que la vieja Franca era totalmente mediterránea: blanca como el armiño con cabellos de trigo. El tono de la piel ha de ser por el padre a quien vi de lejos y era un exitoso empresario naviero con un oscuro bronceado que parecía permanente.

Mientras tomábamos una siesta antes de la recepción Carlos no dejaba de hablar comentando cualquier pequeño detalle. Hasta se había ofrecido para enviarle a los novios un itinerario paralelo con todos los amigos viciosos que tiene desperdigados por Europa. Para que conocieran el continente corrompido y decadente, para que vivieran intensamente. Jodiendo le dije pana, ni que fueras el tío ¿Qué te pasa, te me pusiste sentimental? A lo que me respondió gruñendo que me metiera en mis asuntos.

La fiesta me gustó. En un salón enorme en el que la terraza se convertía paulatinamente en la playa una orquesta tocaba todo Sinatra una y otra vez. Parecía que había sido el capricho de los padres de la novia, en todo caso me encantó. A la luz de la luna el larguirucho cantante señalaba el astro mientras tarareaba “Fill my heart with song/ let me sing for ever more/ you are all I long for/ all I worship and adore”, y Carlos y yo fantaseábamos que éramos Capone y Lucky Luciano mientras encendíamos un puro tras otro. La vida parecía suave y domada a nuestros pies.

Carlos reía como un niño cuando me contó que fue a felicitar a los novios y Franca le mostró todo el salón como un invitado más. En un descuido lo metió a un vestier vacío y se besaron como dos niños torpes y desesperados. Estaba feliz el gordo sobre todo porque Franca le había dicho que después de las 12 le iba a dar la noticia de su vida. Marico, me decía, seguro que se va a separar del idiota ese. Y vamos a volver bro, es que siempre lo dije, vas a ver. Lo dejé solo un rato y me fui con una de las niñas del cortejo que había leído mis libros y estaba estudiando el último año de periodismo.

Luego de cuarenticinco minutos a la luz de la luna la nena me prodigó una felación sanadora y profunda. Frente al oleaje nocturno al ritmo sincopado de las olas me descargué sin piedad. Al rato la nena me dijo ¿sabes? Nunca lo había hecho en la playa. Me gustó que fuera contigo. Voy a buscar a mi mamá, y me dio un dulce beso pegajoso.

Me sacudí con esmero la arena de la playa. Con la vacilante luz de las antorchas pude vislumbrar a muchas parejas que andaban en lo mismo. El espectáculo de hombres y mujeres follando a la luz de la luna me pareció soberbio y sobrecogedor. Eran bestias elegantes que aullaban en murmullos. Luego volví al salón. Los novios se habían ido y quedaban pocas parejas danzando con los versos tristes de “My one and only love”, se movían como marionetas rotas mientras la prodigiosa voz de Frank  recitaba: “The touch of your hand is like heaven/ A heaven that I’ve never known/ The blush on you cheek whenever I speak/ Tells me that you are my own”, y entonces recordé a Alejandra. Aunque busqué por todas partes, Carlos no aparecía y ya estaba por irme cuando una mano me apretó el hombro brutalmente. Molesto, me volteé y vi a Carlos bañado en lágrimas y con una borrachera de pronóstico. Me pidió que lo llevara a la playa, que tenía algo muy importante que decirme.

Me dejé arrastrar de mala gana. Cuando nos sentamos frente al mar pareció recuperar la cordura y me contó. Me dijo que a las 12, luego de que los novios habían partido, su antigua amante lo tomó de la mano y lo llevó a un balcón oscuro. Allí le contó que había una razón, un motivo para que ella hubiese insistido tanto en su presencia. Le confesó que Franca era su hija.

Entonces le di 200 dólares a un mesero para que nos dejara una botella de Johnnie Walker, hielo y el disco de Sinatra que estaba sonando. Lloramos y bebimos hasta el amanecer. Zigzagueamos por la carretera en una carrera suicida y mientras oíamos a Frank me salí del camino abruptamente. Entre risas y llantos nos bajamos mientras sonaba My Way. Al rato, cuando no había nada más de qué hablar y el sol rojo empezaba a calcinarlo todo, Carlos me miró desolado y en un rastro de buen humor me dijo marico, ¿sabes qué sería genial?, no, no lo sé, le contesté. Marico, que aparecieran los piojosos de Mad Max, en este momento, eso me haría feliz ¿Te imaginas?

Al llegar a la posada armamos un alboroto enorme, tanto que el encargado se sintió aliviado cuando pedimos que nos llevasen a la habitación un servicio de Jack Daniels y huevos benedictinos de desayuno. Comimos, cantamos un rato y mientras bebía su decimocuarto whisky, Carlos se desplomó comatoso.

Yo me recosté en la cama y abrí Catcher in the rye. Era un empeño inútil porque ya sabía que estaba en duermevela, por eso las letras hacían moiré en mi cabeza. Era el capítulo 25 cuando Holden daba vueltas sin parar en cada manzana del centro neoyorquino hablando con su hermano muerto. Le suplicaba diciendo “no me dejes desaparecer. No dejes que desaparezca. Por favor, Allie”, y luego daba las gracias en un ritornello enloquecido. Entonces me dormí.

Tuve un sueño estúpido, irreal, que no me dejaba descansar. En el sueño nos despertábamos y partíamos al aeropuerto. Carlos se devolvía a la capital y yo a la frontera caliente donde nací. Creo que había llegado el momento de escribir el libro que me esperaba desde hacía catorce meses. Pero cuando empezaba la redacción del primer borrador empezaron a llegar noticias inquietantes desde la isla. Carlos me contaba desesperado que una suerte de embrujo ninfómano había caído sobre la pareja. Franca y su esposo habían sido internados en Berlín luego de dos semanas follando sin comer ni dormir. Cuando recibí la llamada estallé en risas y Carlos me colgó. Al rato volvió a llamar y todo lo que me decía era muy incoherente. Hablaba de un maleficio y algo sobre la desaparición de los asistentes a la boda. Intenté calmarlo y lo invité a la frontera a curarse de tanta presión con algo de aguardiente y niñas morenas. Pero no me hizo caso.

En el sueño me enfurecía esa propensión real que me persigue. Eso de siempre aconsejar a la gente que no me oye y luego tener que parar mi vida para salvarlos. Lo último que sabía de Carlos era que había partido para la isla y nadie sabía nada de su paradero. Pasaron varios días y, como siempre, tuve que parar de escribir y leer el material de mi investigación para buscarlo. Lo peor fue tener que conectarme de nuevo, investigar y darme cuenta de que Carlos tenía razón.

Algo raro pasaba con la gente de la boda, todos habían desaparecido. Mientras más indagaba peor me ponía. Sacando a Franca y su marido la mayoría había desaparecido.

Faltaba yo. Tuve que llamar al sindicato anarquista y moverme con las viejas conexiones, volver a deberle favores a esa gente que detesto. Era una pesadilla y lo peor es que no me podía despertar. Un viejo anarquista boyardo, sobreviviente de la purga ordenada por los dadaístas, me contó una historia extraña sobre un regalo de bodas. Era un artefacto de acero que provocaba un deseo irresistible al tocar las partes sexuales.

Algo sobre una roja luna de miel y la posibilidad de que los asistentes se encontrasen dormidos en alguna escollera. Luego el imbécil anciano se quedó dormido. Volví a la isla y Carlos no se encontraba en ninguna parte pero la policía me entregó parte de sus papeles, luego de sobornarlos. En su libreta también hablaba de una escollera más allá de la playa de Boca del Cielo. Algo sobre un paisaje apocalíptico y desolador adonde iba.

Esa noche partí a Boca del cielo. Me bajé en la oscura bahía y caminé dos kilómetros hasta que más allá, al fondo, vi las antorchas. Un grupo de protohumanos bailaba junto a la fogata cerca de la escollera pero ninguno me prestó atención. Entre los bloques de hormigón vi unas cuevas excavadas en el farallón de roca pura.

Adentro recorrí un estrecho pasaje tan oscuro que mi linterna no lo alumbraba del todo. Luego de doblar un recodo entré a una vasta galería repleta de nichos primorosamente excavados donde yacían los cuerpos dormidos de todos los asistentes. Ahí estaban los padres del novio, sus amigos, el flaco que cantaba como Sinatra, la niña que me follé en la playa y al final estaba Carlos. Descansando sobre la loza, parecía marmóreo y entre sus dedos hallé una nota que decía “Uno por uno en orden estricto desde el inicio hasta el final. Sólo así volverá la luz”. Me volteé y vi la vasta galería donde descansaban los cuerpos y los fui despertando. Apenas abrían los ojos me veían desesperados y salían corriendo. Cuando llegué a la nena de la playa la desperté con un suave beso. Ella abrió los ojos, me miró con ternura y salió corriendo. Le pedí que se quedara pero me gritó que era imposible.

Entonces me salté el orden y fui hasta Carlos que era el único que me interesaba. Cuando lo desperté  sonrió y lo único que me preguntó fue ¿seguiste el orden? Le dije que no, que me había cansado de esa mierda y que nos fuéramos, me miró con el horror pintado en el rostro y salió corriendo también. Sin poder creerlo lo seguí pero cada vez me daba más sueño y lo escuchaba gritando algo sobre hordas de tipos como los de Mad Max hasta que me apoyé sobre uno de los nichos y me acosté. Luego sentí que me despertaban y era Carlos envejecido que me suplicaba que lo ayudara pero no entendía bien lo que me decía y corríamos sin sentido despertando a más gente que salía corriendo. En una de las galerías vi a una multitud arrodillada ataviada con sayos negros frente a un sacerdote de blanco que blandía un libro y un compás. En otra pasamos corriendo frente al torpe jurado que condenó a Miranda y en otra vi a Bolívar, frágil y sucio, sollozando como un niño con una carta entre las manos.

Al final desembocamos en un pasillo con espejos y nos vi viejos, harapientos apoyándonos en bastones rústicos, como antiguos profetas salidos del desierto. Desperté a la nena de la playa dos veces más y la vi luego envejecida y preñada y de nuevo dormida. Todos estábamos perdidos en un laberinto sin final. Atrapados en galerías idénticas donde despertábamos a la misma gente que se iba quedando dormida o enloquecida y se reproducían y follaban y cagaban y volvían a quedarse dormidos. Hasta que me desperté.

Sobresaltado me levanté y fui al baño. Mientras me daba una ducha fría noté que sonaba Time after time. Tarareándola me calmé y al cerrar la ducha ya estaba sonriendo al decir “Yo’ll hear me say that I’m/ so lucky to be loving you”.

Me serví un whisky y los restos del hielo. Abrí la ventana y abajo amanecía. Frente al mar vi a Carlos sentado en una tumbona leyendo Catcher in the rye. Un leve escalofrío subió por mi espalda y supe que había llegado la hora de irme corriendo.

Albinson Linares

@albinsonl

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